martes, 31 de mayo de 2011

texto Ficcion. "Dormir. (primera escritura)

Texto narrativo. Ficción.
Mariano de Virgiliis.
31/05/11
Dormir

Miré mi reloj. Las agujas parecían duplicarse. Enfoqué la vista y di cuenta de la hora. Eran las 6 de la mañana. Una hermosa madrugada de invierno en Paris. Los oídos me seguían zumbando. La nieve cubría todo a mí alrededor. Hacía frío  y prendí un cigarrillo. Estaba a una cuadra del hotel. Subí tambaleándome por las escaleras y entré al cuarto. Me senté en mi cama. El humo del cigarrillo cabalgaba por el aire, se movía al son del silencio. No me gustaba viajar, estaba nervioso.  El tren a Viena salía a las 8 de la mañana. Tenía arreglado una presentación en un pequeño bar de la ciudad. Esta vez iba a tocar solo.
 Miré a la cama que estaba sobre mi derecha. Allí estaba Ruiz, dormido. Tenía su equipaje listo. Como de costumbre tenía todo ordenado. No es la primera vez que doy cuenta de ello; siempre veía como tenía todas sus cosas en su correcto lugar. Me repugnaba. La forma en que guardaba su ropa era la de un excéntrico. Era una pequeña obsesión que lo perseguía y lo dominaba. Siempre llevaba lo mismo y de la misma manera. En los 10 años que lo conozco nunca lo vi sin otra vestimenta que su traje negro, siempre bien arreglado y con el mismo perfume. Dentro de la valija solo tenía un par de camisas, de pantalones, medias y corbatas. Y  Solo poseía unos únicos zapatos negros, siempre muy relucientes. Simplemente me causaba nauseas al verlo. Al lado de su valija yacía el estuche donde guardaba su  saxo.  Era un saxo alto muy viejo. Su padre se lo había regalado antes de morir. El más hermoso que vi en mi vida. Su manera de tocar era excepcional. Por lejos es y siempre será el mejor saxofonista que he visto tocar. El cigarrillo se iba consumiendo y el humo seguía navegando por el aire. Lo quería matar.
Nos conocimos un lluvioso día de otoño en Londres. Nos presentó un primo lejano a mediados de noviembre de 1960. Yo tocaba el violín. Es  el único instrumento capaz de transmitirme paz y no me gustaba la compañía de otros mientras practicaba. Con Ruiz fue distinto. Su manera de tocar captó mi atención y no dudé en pedirle que me acompañe. Con el tiempo fuimos mejorando. Fue él quien me enseñó a perder el miedo de tocar en público. Me decía que cierre los ojos y piense en mi abuela. Sigo sin entender cómo es que eso funcionó. Es el día de hoy que puedo tocar frente a un público. Así comenzamos nuestro pequeño proyecto de presentarnos en diferentes lugares. Con el tiempo se convirtió en mi mejor amigo. En realidad, no era mi mejor amigo, era mi único amigo.
Nuestra amistad era muy particular. No solíamos hablar mucho. El era muy reservado y se obsesionaba con libros. A veces se perdía en ellos. Se sentaba a leer en su sillón por horas junto a una botella de whisky y un paquete de cigarrillos. Fumaba y tomaba mientras leía. Y a cada rato me contaba de cosas que iba leyendo y surgían discusiones sobre esos temas. La pobreza, los sueños, la locura y muchos otros tópicos por los que su interés iba navegando. Cualquier tema que yo presentase era ignorado por Ruiz. Los primeros dos años nos fue bastante bien. Nos íbamos de gira por unos meses y recaudábamos algo de dinero tocando en bares y otros lugares. La relación era buena. Ruiz nunca salía de los hoteles. No le gustaba. Se quedaba allí en su maldito rincón, con sus malditos libros. Yo salía siempre, me emborrachaba por los bares de Paris, Londres, Ámsterdam y volvía tarde. Esa noche no fue la excepción.
Vivíamos relativamente cerca,  pero solo nos veíamos cuando se trataba de un evento. Llegó un momento en donde solo el trabajo nos unía. Nuestra amistad se fue transformando en una relación laboral. No nos unía nada salvo la música. Y ese lazo fue lo suficientemente fuerte para mantenernos unidos por 10 años. Con el tiempo comenzamos a distanciarnos. Casi no conversábamos. Parecíamos dos extraños unidos por un solo motivo. Empezaba a pensar que Ruiz me odiaba. Así como yo lo odiaba a él. Comencé a pensar en sus pensamientos. Tuve miedo que se enterara de las oscuras ideas que transitaban mi mente. Pensé que era él el que iba a matarme. Lo veía en su mirada, estaba seguro. Me odiaba. ¿Acaso me mataría mientras conciliaba el sueño? O ¿Envenenaría mi comida? Son tantas las maneras para asesinar a alguien que simplemente no podía imaginármelo. No comía y me costaba dormir. El miedo y la paranoia me consumían. Estaba seguro que varias veces vi a Ruiz limpiar una especie de revolver o arma y que la escondía cuando me acercaba. Nunca lo pude ver, pero estaba seguro.
No nos hablábamos. Cada uno estaba en su mundo. O al menos eso parecía. El único lugar donde nos comunicábamos era en el escenario. Allí éramos hermanos, como si hubiésemos tocado juntos toda la vida. Como si el destino nos había juntado para tocar. Cada uno con su instrumento. Nuestra relación estaba  unida por la música del otro. Una vez fuera del escenario, mis pensamientos volvían a molestar mi conciencia. Mi miedo hacia él fue creciendo a tal punto que tenía que parar. Lo iba a matar. Si no lo hacía estaba seguro de que yo iba a ser la víctima.  Pero todavía estaba esperando el momento. No podía ni mirarlo. No puedo explicarlo, pero era su forma de ser lo que me enfurecía. Todo lo que hacía y como lo hacía me irritaba. Hasta como respiraba mientras dormía me inquietaba. Era su manera de tocar el saxo el único momento en el que lo amaba. Ese era el único momento en donde su compañía ya no me disturbaba y era allí en donde yo recordaba la razón de la supuesta amistad que tuve con él. Comprendí que era el sonido de su música lo único que me agradaba de él y decidí calmar mi sufrimiento.
Tome mi revólver y me levanté. Me mire al espejo. Realmente me veía espantoso. El cabello desprolijo. La camisa manchada y los zapatos sucios. Parecía un loco. Me atormentaban las ideas en mi cabeza. Pero estaba seguro de lo que iba a hacer. Estaba seguro que iba a ser Ruiz el que me iba a asesinar si yo no actuaba antes, que uno de los dos iba a morir. El reloj marcaba las 7 de la mañana. El cielo seguía oscuro y nevaba intensamente.
Metí una bala en el tambor, lo hice girar y lo cerré. Me apunté en la cabeza y apreté el gatillo. Volví mi cabeza hacia atrás y lo vi por última vez. Me acerqué a su cama y ahora apunté el revólver hacia él.  Justo en ese momento, como si estuviese al tanto de la situación Ruiz abrió los ojos por última vez.

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