lunes, 1 de agosto de 2011

Doble Faz

Recuerdo a mi padre decir que la muerte era un país del cual ningún viajero regresaba. Yo era niño y me asombraba por esas palabras. Hoy lo vivo en carne propia. Mis actos decretaron que no iba a vivir más de 30 años. Me encontraron culpable de homicidio. Me espera la pena de muerte. No pido que se compadezcan ni que sientan lastima por mí. Hoy es mi último día.
El aire es distinto, los colores también. Nada es igual. Mi tiempo esta contado y es cuestión de minutos para que entre en un profundo y largo sueño. Por lo menos así lo veo yo. Mi padre pensaba a la muerte como un país, yo la pienso como una larga pesadilla.  A veces me costaba encontrarme conmigo mismo. La soledad de una celda puede hacer maravillas con tu mente. Realmente solo pensaba en ella. La extrañaba. Me había dejado y lo tuve que haber evitado.
Constantemente  perdía la noción de quién era y del lugar en donde estaba. Di la vuelta y entré en la cocina. La vi y me puse a su lado.  Le susurré que la amaba. Me devolvió una sonrisa. Era hermosa. Sus ojos verdes fueron la razón de mi enamoramiento. Fue a primera vista claro, nunca amé a nadie tanto como a ella. Éramos felices y mi vida iba encaminada. Teníamos una pequeña casa en las afueras, perfecta para los niños y para descansar. Nadie molestaba. Yo trabajaba en casa. Escribía pequeñas novelas para una revista local. Todo estaba bien.
Desperté con el ruido de la puerta cerrarse. No tuve ni tiempo para reaccionar. Pasó todo demasiado rápido. Su cuerpo estaba lleno de sangre. Mis gritos deben de haber despertado a todo el barrio. Intenté seguir al asesino, pero nunca logré verlo. Al bajar me encontré con mi padre. Lo ignoré y seguí mi camino. Entré al baño y vi a  mis hijos ahogados en una bañera.  Tuve que detenerme. Llorando e insultando, abracé a mis dos hijos e intenté revivirlos. Fue todo en vano. Me levanté y al darme vuelta me vi a mi mismo con un cuchillo en la mano. Sentí como si alguien me empujase y abrí los ojos por segunda vez.
Estaba todo sudado y casi llorando. Sofía me despertó acusando que estaba gritando y me dijo que  había tenido una pesadilla. Una horrible pesadilla. Intenté conciliar el sueño pero  estaba demasiado perturbado por lo que acababa de ver.  ¿Qué lleva a mi subconsciente a soñar semejante barbaridad? ¿Acaso me tenía que cuidar de mi mismo? No encontré respuestas en ningún lado. Decidí olvidar lo sucedido y no contarle a mi amada esposa el terrible acto que cometía en mi mente.
Lamentablemente no fue la primera ni la última vez que tuve esas pesadillas. Me empezaron a atormentar. Casi que no dormía, y mi esposa empezaba a tenerme miedo. Con el tiempo nos fuimos alejando. Yo seguía obsesionado con estos sueños y comencé a recurrir al alcohol. Me quedaba en casa escribiendo hasta tarde, tomando y regresando a la cama bastante alcoholizado. Eran de esperar las quejas de Sofía. ¿Por qué tomás tanto? ¿Acaso no nos amas? ¿Qué no me estas contando? Siempre repetía las mismas preguntas. Me ponían nervioso. Tenía que hablar con alguien acerca de mis miedos. Me estaban consumiendo y comenzaban a afectar mi vida diaria y mi relación con mi familia.
Desperté con el ruido de mi puerta. No tuve ni tiempo para reaccionar. Pasó todo demasiado rápido. Su cuerpo estaba lleno de sangre. Mis gritos deben de haber despertado a todo el mundo. Bajé las escaleras sabiendo lo que iba a encontrar. Entré al baño y vi a  mis hijos ahogados en una bañera.  Tuve que detenerme. Llorando e insultando, abracé a mis dos hijos e intenté revivirlos. Estaba desconsolado. Fue todo en vano. Me levanté y al darme vuelta vi en el espejo la imagen que me atormentaba todas las noches,  a mi mismo con un cuchillo en la mano y empapado en agua. Esa vez no me despertó nadie.  
Sonó un timbre que me hizo recordar a la primaria. Un hombre alto y grande entró en la celda. Era mi padre. ¿Qué hacía yo en una celda? ¿Qué estaba pasando?  Me puse muy nervioso y violento. Intenté escapar pero  me contuvo y me explicó lo que me estaba pasando. Me resultaba muy difícil digerir lo que me decía. ¿Yo había asesinado a mi esposa? ¿A mis ángeles? 
Fue ahí donde volví a recordar lo sucedido y la razón de mi presencia en ese horrible lugar. La mente humana no tiene límites. Uno cree lo que quiere creer. Había llegado mi hora. Solo pensaba en ella. En como la amaba. Nunca quise esto. Sigo sin entender cómo fue que sucedió.

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